Hacerlo todo bien para sentir que somos suficientes: Autoexigencia, control e incertidumbre en la vida moderna.

Hacerlo todo bien para sentir que somos suficientes: Autoexigencia, control e incertidumbre en la vida moderna.

Por: Blanca Alcanda

La incertidumbre ha acompañado a la humanidad desde siempre. No es un rasgo exclusivo de nuestro tiempo, ni una anomalía de la vida moderna. Lo que sí resulta característico de la actualidad es la escasa tolerancia que hemos desarrollado hacia ella. Vivimos en una cultura que necesita certezas constantes, respuestas inmediatas y garantías permanentes, y para satisfacer esa necesidad recurrimos de forma intensiva a la tecnología.

Consultamos aplicaciones que calculan con exactitud cuánto tardaremos en llegar a un destino, qué ruta es la más eficiente, qué tiempo hará dentro de unos días o cuántas horas hemos dormido. Los buscadores, que antes ofrecían información general, han dado paso a sistemas de inteligencia artificial a los que formulamos preguntas cada vez más personales: qué decisión tomar, cómo interpretar lo que sentimos o qué nos conviene hacer. En muchos casos, estas herramientas funcionan como una suerte de acompañamiento constante que reduce la sensación de no saber.

El problema no reside en el avance tecnológico, sino en el uso que hacemos de él para evitar el malestar que genera la incertidumbre. Al minimizarla de forma sistemática, hemos ido perdiendo la capacidad de convivir con la duda, la espera y la frustración. Nos hemos desacostumbrado a tolerar que las cosas no salgan como esperábamos o que no exista una respuesta clara e inmediata para todo.

En este contexto, el perfeccionismo y la autoexigencia aparecen con frecuencia como estrategias aparentemente adaptativas. Exigirse más, hacerlo todo bien, no cometer errores o cumplir con estándares cada vez más elevados se vive como una forma de asegurar el control y reducir la inseguridad. Sin embargo, detrás de esta dinámica suele esconderse algo más profundo: la necesidad de sentir que somos válidos, suficientes y dignos de reconocimiento. Como si hacerlo todo bien garantizara ser mejores personas o, incluso, merecedores de mayor afecto y aceptación.

Esta lógica convierte el valor personal en algo condicionado al rendimiento, al éxito o a la ausencia de fallos. El error deja de ser una experiencia humana y se transforma en una amenaza para la autoestima. La consecuencia es un desgaste constante, una vigilancia continua sobre uno mismo y una sensación persistente de no llegar nunca a ser “lo bastante”.

La búsqueda obsesiva de certidumbre y control tiene un impacto directo en la salud mental. Se relaciona con el aumento de la ansiedad y con formas de funcionamiento rígidas, donde la duda se vive como insoportable. En algunos casos, esta necesidad de certeza se expresa en problemáticas como los trastornos obsesivo-compulsivos, en los que la conducta repetitiva intenta aliviar momentáneamente un malestar que nunca termina de resolverse.

A ello se suma el mandato contemporáneo de la felicidad. Se nos transmite la idea de que ser felices equivale a dejar de sufrir y que, si alcanzamos ese estado, la vida dejará de doler. Desde esta perspectiva, el malestar se interpreta como un fallo personal: algo que no hemos sabido gestionar, evitar o transformar. Así, sufrimiento e incertidumbre se patologizan y se nos responsabiliza individualmente de eliminarlos.

Frente a este escenario, quizá resulte necesario replantearnos qué esperamos de nosotros mismos y de la vida. Tal vez no se trate de ser perfectos, ni de estar siempre bien, ni de tenerlo todo bajo control, sino de aprender a convivir con la imperfección, la duda y los límites propios. Reconocer que no necesitamos demostrar constantemente nuestro valor para merecer ser queridos.

En este sentido, el pensamiento crítico y la reflexión filosófica ofrecen un contrapunto valioso frente a la autoexigencia y el positivismo simplificador. No prometen certezas absolutas ni felicidad permanente, pero sí abren espacios para pensar, cuestionar y comprender nuestra experiencia. Y ese ejercicio, aunque incómodo, tiene una dimensión profundamente terapéutica.

Quizá, al final, nada resulte más práctico que una buena teoría… y pocas cosas ayuden tanto como una filosofía que nos permita vivir sin la obligación constante de tener que demostrar que valemos.