El deseo sexual no siempre aparece: también se cultiva
Por: Blanca Alcanda
Una de las creencias más extendidas —y más dañinas— sobre la sexualidad en pareja es la idea de que el deseo debe surgir de forma espontánea. Si no “nace”, si no aparece solo, muchas personas interpretan que algo va mal en la relación o en ellas mismas.
Esta visión está mucho más influida por el cine y la literatura romántica que por la realidad de la vida adulta.
En el día a día, el cansancio, las responsabilidades, el trabajo, la crianza o el estrés hacen que otras prioridades se impongan. Poco a poco, el espacio para la sexualidad se va reduciendo. No necesariamente porque el vínculo esté deteriorado, sino porque el deseo ha dejado de tener un lugar.
La consecuencia suele ser un círculo conocido: menos encuentros, más distancia, más dudas (“¿qué nos pasa?”) y una interpretación errónea de la falta de deseo como señal de problema grave.
El deseo no es solo un impulso: es una experiencia que se entrena
A diferencia de lo que solemos pensar, el deseo sexual no es únicamente algo instintivo que aparece o desaparece sin más. En muchas etapas de la vida, el deseo se construye: necesita tiempo, intención y disponibilidad mental.
Esto no significa forzarse ni “cumplir”, sino entender que la sexualidad forma parte del vínculo de pareja y, como otros aspectos importantes (la comunicación, el cuidado mutuo, la intimidad emocional), requiere atención.
Además, la actividad sexual no es solo una fuente de placer individual. Durante el contacto íntimo se libera oxitocina, una hormona relacionada con el apego, la confianza y la sensación de cercanía. Por eso, cuando la sexualidad desaparece de forma prolongada, no solo se pierde placer, también puede resentirse el vínculo emocional.
Erotismo: mucho más que el acto sexual
Como explica Francisca Molero, ginecóloga y sexóloga clínica, lo más complejo de aprender en sexualidad no son las prácticas sexuales, sino la dimensión erótico–sentimental. El erotismo tiene que ver con la intencionalidad de provocar excitación en el otro, con algo sutil, creativo y profundamente relacional.
No se trata de ir directamente al acto sexual, sino de recrearse en todo lo que lo rodea: la anticipación, el clima, las miradas, el juego, el tiempo compartido. Por eso se habla de erotismo como juego, no como rendimiento.
Este aprendizaje erótico lo hacemos sobre todo a través de modelos: lo que vemos en otras personas, en el cine o en la literatura. El problema es que muchos de esos modelos son irreales, idealizados o poco compatibles con la vida cotidiana de las parejas reales.
“Si no me nace, no tiene sentido”: un mito muy extendido
Otra idea frecuente es pensar que intentar activar el deseo cuando no está presente es artificial o poco auténtico. Sin embargo, esta creencia suele bloquear cualquier posibilidad de reencuentro sexual.
En la vida real, el deseo no siempre precede al encuentro; muchas veces aparece después. Aparece cuando se genera contexto, cuando se baja el ruido mental y se recupera la conexión corporal y emocional.
Esperar pasivamente a que el deseo surja por sí solo suele llevar a la evitación, al distanciamiento y a interpretar la falta de deseo como un problema en sí mismo, cuando en muchas ocasiones es una consecuencia lógica del ritmo de vida y de la falta de espacio para la intimidad.
Recuperar el deseo no es arreglar algo roto
Trabajar el deseo no implica corregir un fallo ni “arreglar” la relación. Implica volver a darle un lugar. Salir de la idea de que el deseo debe ser automático y entenderlo como una experiencia que puede cuidarse y entrenarse a lo largo del tiempo.
Cuando se aborda desde esta perspectiva —sin exigencias, sin comparaciones irreales y sin culpa— la sexualidad puede volver a ser un espacio de encuentro, de juego y de conexión, incluso en etapas vitales donde el deseo espontáneo es menor.
En muchas parejas, este cambio de mirada ya supone un alivio: no es que algo vaya mal, es que el deseo necesita cuidado.
Algunas ideas que ayudan a cuidar el deseo
Sin recetas ni obligaciones, estas reflexiones suelen ser útiles en consulta:
Dar espacio mental a la sexualidad: el deseo necesita tiempo psicológico, no solo tiempo físico.
No esperar siempre a “tener ganas”: en muchas etapas de la vida adulta, el deseo aparece después del encuentro, no antes.
Cuidar el clima erótico, no solo el acto sexual: la anticipación, el juego y la conexión suelen ser más activadores que la técnica.
Poder hablar del deseo sin convertirlo en un problema: expresar que algo cuesta, sin culpa ni reproche, ya reduce mucha presión.
El deseo no se exige, se cultiva. Y, como todo lo importante en una relación, necesita atención, intención y tiempo.
Blanca Alcanda

